Convivencia

11. Constatación objetiva

11. CONSTATACIÓN OBJETIVA1

El problema lo tiene el agresor

Esta técnica de autodefensa se basa en un hecho muy simple: nadie puede comunicarse sin revelar algo de sí mismo. Al margen de las palabras, del contenido del mensaje, siempre descubriremos una parte de la forma de ser del que hab
la. Todo aquel que tran?smite algo, revela en parte su personalidad, sin poder remediarlo.

discusion?

Al hablar se revelan algunos rasgos de la personalidad, estados de ánimo, si está tranquila y relajada o más bien tensa, estresada o sosegada. No se puede evitar descubrir una parte del propio ser. En ?el momento en que se establece una conversación, el interlo?cutor nos transmite también su estado de ánimo. Por supuesto que eso también es válido para los agresores, que no pueden impedir revelar algo de sí mismos.

De ahí podemos deducir una técnica de autodefensa muy eficaz. Si intentamos impedir que el ataque nos afecte personalmente, aprendamos a escuchar al agresor de una forma diferente a la usual. No nos concentremos en las palabras, sino en lo que el agresor necesariamente revela respecto de sí mismo. Concentrémonos en su estado de ánimo. ¿Qué es lo que transmite?

Un ejemplo práctico: alguien, fuera de sí, nos dice: «¡Eres un imbécil!». Un ataque con todas las de la ley. Nos encontramos, sin quererlo, con un zapato maloliente ante nosotros. Convencidos de no ser unos imbéciles, no nos pondremos el zapato apestoso. No hace falta discutir sobre hechos consumados, es más útil fijarse en lo que revela el agresor sobre sí mismo. Ha mostrado que está enfadado. La respuesta a su exabrupto es sencilla y poco espectacular. Le ponemos un espejo delante y le informamos objetivamente sobre su propio estado de ánimo.

  • El ataque: «Eres un imbécil».
  • La respuesta: « ¡Ahora sí que estás enfadado!». Punto. Es suficiente.

La respuesta es una constatación objetiva. Se refiere al estado de ánimo del agresor, no a sus palabras. Esta consiste en la observación —«¡Ahora sí que estás enfadado!»— demuestra que hemos tomado nota del enfado del agresor y que atribuimos sus palabras a dicho enfado. No tiene nada que ver con nosotros. Está de vuelta, porque congela la alteración en el lugar donde se ha originado: en el agresor. Con esta actitud demuestra claramente que el ataque no va con nosotros.

Es muy sencillo hacer una constatación objetiva. Podemos hacer un diagnóstico impersonal y objetivo con el agresor. Simplemente constatamos lo que le pasa. En la práctica podría sonar de la siguiente forma:

  • El ataque: «¡Estás de broma!».
  • La constatación objetiva: «No opinas lo mismo que yo» o: «Tenemos opiniones diferentes».
  • El ataque: « ¡No te las sabes todas!».
  • La constatación objetiva: «Estás demasiado enfadado en este momento» o: «Estás muy nervioso».
  • El ataque: «Parece mentira. ¡¿Cómo te atreves a arreglarte de esa forma a tu edad?! Pareces una abuela que añora la pubertad».
  • La constatación objetiva: «No te gusta cómo me he arreglado» o: «Nuestros gustos no coinciden».

Solamente podemos hacer constataciones objetivas si cambiamos de actitud y logramos pasar por encima del sentido literal de las palabras. Tampoco debe preocuparnos la forma en que nos está tratando el agresor. Únicamente tenemos que fijarnos en lo que le pasa al otro.

Escuchar de forma distinta a la acostumbrada nos facilitará la labor.

  • Procuremos mantener un estado de ánimo impersonal, neutral. Levantemos nuestro escudo protector interior.
  • Concentrémonos en las emociones del contrario, no en el sentido literal de sus palabras.
  • Proyectemos la imagen del contrario como un espejo y digámosle de manera objetiva e imparcial lo que le pasa.
  • La constatación objetiva comienza con la palabra «usted» («usted está muy indignado»), o con la palabra «tú» («tú estás muy enfadado, tú no opinas lo mismo que yo»)
  • No demos más explicaciones ni consejos.
  • No implicarse en las emociones del contrario
  • Procuremos no hurgar demasiado en las emociones del contrario. Y, sobre todo, no le sometamos a un psicoanálisis del tipo: «En el fondo, lo que te pasa es que no terminas de interiorizar la relación con tu madre y por eso intentas inconscientemente superar este trauma conmigo». A esto se lo denomina un mazazo psicológico.

La constatación objetiva suele ser breve y hace referencia a características obvias, como el enfado, la excitación, el escepticismo del contrario, su rechazo, etcétera. No intentemos manipular al agresor con la constatación objetiva. No se trata de hacerlo entrar en razón, someterlo a un examen de conciencia, curarlo, ni intentar que tenga una revelación.

Dado que no nos tomamos la agresión como un ataque personal, no contribuyamos a envenenar todavía más la situación con un comentario ofensivo, como por ejemplo: «Eres un estúpido».
Aunque nos parezca haber calado al contrario, palabras como «estúpido» resultan ofensivas. Si contraatacamos de forma venenosa, demostramos que nos hemos puesto el zapato apestoso y que nos estamos defendiendo. La constatación objetiva mantiene la distancia entre la opinión del contrario y la nuestra, y congela el enfado allí donde se ha originado, es decir, en el contrario. Simplemente informémosle de forma breve y neutral, que hemos constatado su malestar.

Mantengamos la calma, no nos impliquemos en las emociones del contrario. Acordémonos: no podremos transformar al agresor. Nuestro estado de ánimo, en cambio, puede contagiarlo. Nuestra actitud relajada actuará como un efecto reflejo.

El objetivo: Mantener la calma y no tomarse el ataque de forma personal. Concentrarse en el estado de ánimo del contrario y corroborarlo de manera breve y neutral.

  • El ataque: «Acabas de cometer la mayor tontería que jamás se haya visto».
  • La constatación objetiva: «Mi trabajo no le gusta» o: «Esperaba algo distinto».
  • El ataque: «No esperaba de ti una propuesta tan estúpida».
  • La constatación objetiva: «Te muestras todavía escéptico» o: «No te acaba de gustar mi propuesta».

Aplicaciones en la vida diaria: resulta muy útil emplear la constatación objetiva siempre y cuando se quiera mantener a distancia la acusación o condena del agresor. Es especialmente efectiva para rebatir críticas poco objetivas, reproches y reparos.

Buscar la objetividad

La constatación objetiva neutraliza a los compañeros fastidiosos y las críticas tendenciosas. El agresor se prepara para embestirnos con todas sus fuerzas, pero le frenamos en seco al obligarle a mirarse en un espejo.

Si no prestamos atención al sentido literal de las palabras, el agresor se dará rápidamente cuenta de que somos imbatibles. Por regla general, habremos puesto punto final a los ataques y podremos intentar mantener una conversación normal con el contrario. La sugerencia es emplear esta técnica de autodefensa siempre y cuando se tenga mucho interés en proseguir una conversación objetiva, como puede ser una negociación.

Con frecuencia se pide consejo sobre cómo hacer frente a la arbitrariedad de una de las partes negociadoras. Si nos dejamos llevar al terreno de las provocaciones existe el peligro de una desviación total del tema. Ignorar los comentarios inoportunos es una buena táctica para poner coto a las objeciones poco objetivas durante una negociación.

A continuación se presenta un caso surgido a lo largo de las prácticas de negociación: una de las dificultades con las que se suele encontrar con relativa frecuencia a lo largo de una negociación, es que una de las partes comience a apartarse del tema y personalice. Podría ser, en estos casos, que el interlocutor diga de repente: « ¡Se ha puesto muy rojo! Todo esto le debe resultar muy embarazoso ¿o es que está mintiendo?». Esta objeción puede hacer peligrar toda la negociación, porque podría ser que el interpelado realmente se ruborice y pierda el hilo de la conversación o se vuelva agresivo y conteste: «¿Qué es lo que pretende? Mi aspecto no le importa en absoluto. Supongo que no es nada más que una maniobra de distracción». Esta respuesta daría alas al agresor, porque su provocación habría dado resultado.

El tema clave de la negociación ha quedado marginado y la atención se centra ahora en un escenario secundario, propicio para la pelea. En estos casos, la mejor solución y la menos agotadora es la constatación objetiva. Hacer un diagnóstico breve y neutral, y regresar al tema que interesa. Una situación de este tipo podría desarrollarse de la siguiente manera:

  • El agresor: « ¡Se ha puesto muy rojo! Todo esto le debe resultar muy incómodo, ¿o es que está mintiendo?».
  • La constatación objetiva sería: «Está pensando en el tono de piel de mi rostro». Con eso es suficiente. La próxima frase vuelve a enlazar con el tema principal de la negociación: «Me gustaría volver a explicar el punto clave de mi propuesta. Sobre todo hay tres puntos que considero importantes. Primero…». Continúa la negociación sin que el ataque haya logrado su objetivo. Nada de discusiones en torno al color de la tez. Nada de escenarios alternativos. Nada de disquisiciones subjetivas. En caso de que el agresor no cese en sus comentarios inoportunos, sólo queda una salida: mantenerse obstinadamente objetivo. Sin embargo, después de varios comentarios insolentes no estaría de más hablar sobre el curso que ha tomado la conversación y volver a fijar las reglas del juego.

La constatación objetiva es un buen complemento para el escudo protector. Siempre que se disponga de un buen escudo se pueden observar las rarezas de los demás con indiferencia, sin tomárselas de manera personal. La constatación objetiva ayuda a mantener la distancia. No permitamos que nos afecte el estado de ánimo de los demás. Mostrarse abierto y comprensivo es una gran cualidad en cualquier conversación. Sin embargo, si nuestro interlocutor comienza a ser insolente y agresivo es hora de desconectar.

Esclarecer los conflictos

Los comentarios venenosos suelen ser la expresión indirecta de la disconformidad. Provocaciones hechas por la espalda y a traición, comentarios irónicos dichos de pasada y como quien no quiere la cosa, alguna que otra calumnia. Este tipo de ataques soterrados es una señal de que algo anda mal. Es hora de aclarar las cosas, de poner las cartas sobre la mesa. Sin embargo, se necesita cierto grado de coraje para una conversación esclarecedora, hay que ser valientes para exponer aquello que se ha estado incubando durante algún tiempo. Nadie conoce el desenlace y, además, podría ocurrir que salieran a la luz aspectos incómodos o dolorosos. Por eso, primero se suele tragar. Los pequeños acosos y los comentarios al margen suelen ser señal de que se está llegando al límite. Se palpa tensión, el ambiente está sobrecargado.

Mucha gente prefiere soportar el ambiente sobrecargado, porque se teme por alguna razón aclarar el asunto. Por ejemplo, relacionan la conversación esclarecedora con los sermones de su infancia, cuando padres o profesores aprovechaban la ocasión para «despacharse». Tras la pelea y el restablecimiento de la autoridad seguía el castigo. Este tipo de recuerdos se relaciona inconscientemente con las conversaciones esclarecedoras, sinónimo, por lo tanto, de escarmiento y castigo. Se señala a los culpables, al igual que en un proceso judicial. Sin embargo, una buena conversación esclarecedora dista años luz de este tipo de sermones. A nadie se le da su merecido, nadie es castigado. Como su mismo nombre indica, conversación esclarecedora significa aclarar las cosas. Ni siquiera se trata, en primer término, de encontrar una solución al problema o de restablecer la paz, aunque sea lo deseable. El objetivo de una conversación esclarecedora es sacar a la luz el malestar latente. Es como si se volvieran transparentes las aguas turbias y revueltas de un lago y pudiéramos identificar lo que yace en el fondo. Sin esta percepción no existe una solución adecuada para el problema.

Pero, ¿cómo se puede plantear una conversación esclarecedora en medio de un ambiente sobrecargado y cuando todos están a la defensiva? A continuación, se citan unas cortas sugerencias que pueden ser útiles:

Hagamos un examen de conciencia. Ante cualquier conversación, reflexionemos. A medida que aumenta el mal ambiente solemos tener una fijación con el otro y perdemos de vista nuestro propio comportamiento. No prestamos atención a nuestro estado de ánimo. Por eso, auscultemos primero nuestra voz interior. Seamos honrados consigo mismos. ¿Qué nos pasa? ¿Qué es lo que nos ha enfurecido o molestado? ¿Qué hemos hecho hasta ahora para imponernos o dar la cara? ¿Hay algo que realmente lamentamos? ¿Estamos dispuestos a decirlo al otro? ¿Qué esperamos del contrario? ¿Qué objetivo perseguimos? ¿Qué pasará en el futuro próximo?

Elijamos el momento y el lugar apropiados. Mientras la rabia nos consuma a nosotros o al contrario, es imposible que la conversación dé sus frutos. Primero calmémonos, después hablemos. Pero no esperemos demasiado. Elijamos el momento y el lugar apropiados. Este tipo de conversaciones, en el que se tocan temas sensibles, no debería tener lugar en un sitio de paso. Hablemos sólo con los afectados, sin espectadores alrededor, a no ser que hayan pactado que una tercera persona actúe de moderadora.

Seamos lo más concretos posible. Las generalizaciones pueden sonar como un ataque. Evitemos palabras como «siempre», «constantemente», «jamás», como por ejemplo: «Siempre estás importunándome» o: «No me escuchas nunca». Seamos lo más concretos posible. Si algo nos ha herido, expliquemos exactamente lo que ha pasado.

No ataquemos. Mantengamos la calma y seamos objetivos, incluso si el contrario se muestra impaciente, bloqueado o negativo. Para tener una conversación esclarecedora hay que prescindir de armas. No podemos esperar que el otro se repliegue en el acto, sobre todo si la pelea soterrada dura ya algún tiempo. Al fin y al cabo, mostremos intención de aclarar la situación, podría ser simplemente un truco. Contemos con la desconfianza y la resistencia del otro. Depongamos las armas y reconozcamos sin ambigüedades nuestros propios errores. No adoptemos una actitud ofensiva, aunque el otro no dé el brazo a torcer.

No tiene lugar ninguna ejecución. Nadie será declarado culpable ni se imparte condena alguna. La mayor pérdida de tiempo es pelearse sobre quién tiene la culpa. Esta pelea no lleva a ninguna parte. Cada uno ve el conflicto desde su punto de vista y cada cual prefiere salir de él de la mejor forma posible, intentando echarle la culpa al otro. Con esta actitud, el pronóstico es que jamás se aclarará la situación ni se sabrá quién ha comenzado. Miremos hacia el futuro en vez de pelearnos por aguas pasadas.

Intentemos ser ecuánimes. En una conversación esclarecedora, ambas partes tienen miedo de salir perdiendo. Si el interlocutor se da cuenta de que estamos intentando dominar la situación, se alejará del curso de la conversación y pasará a la ofensiva. Intentemos ser ecuánimes. Concedámosle al interlocutor el mismo tiempo de intervención que hemos tomado nosotros. No le interrumpamos, porque si no acabaremos librando una batalla verbal en la que nadie escuchará nada. Si nos interrumpe, insistamos en que nos deje terminar.
Se trata de calidad, no de cantidad de palabras. No se trata de formular muchas palabras altisonantes. Una avalancha de palabras puede disimular muchas cosas. Se trata de decir lo correcto. Para eso, dos o tres frases pueden ser suficientes. Si estas oraciones se basan en ideas claras tendrán más efecto que una verborrea de horas.

No intentemos imponer una solución. En ocasiones es imposible solucionar o arreglar del todo los conflictos o las peleas. Puede que no se llegue a un acuerdo, porque los intereses o las personalidades de los implicados son demasiado divergentes. No intentemos juntar a cualquier precio piezas que no encajan. Aclarar las cosas también puede servir para identificar los aspectos en los que no hay acuerdo posible. Al final nos encontraremos con un interrogante: ¿cómo podemos vivir o trabajar juntos siendo tan distintos?

Simplemente, recordemos que toda burla puede ser un mensaje en clave, una indirecta, con la que la otra parte nos quiere transmitir algo. El problema es que no solemos ser muy hábiles para descifrar los mensajes indirectos. Cuando alguien nos hace un comentario descortés, enseguida lo interpretamos como un ataque. No nos damos cuenta de que detrás de este comentario puede esconderse una súplica expresada torpemente. Sin embargo, en la vida cotidiana, los mensajes codificados pueden llevar a malentendidos. Si los propios deseos son transmitidos con una punzada, causan un dolor innecesario en el que la recibe. El que ha sido blanco de la picadura estará poco dispuesto a averiguar los deseos reales del agresor y mucho menos tendrá ganas de cumplir dichos deseos. Las súplicas disfrazadas no motivan a los demás, sino que bloquean el trabajo en común. Atajar las indirectas y sustituirlas por mensajes directos pertenece, por eso, al gran arte de la autodefensa.


  1. Tomado y adaptado de: BERCKHAN, Bárbara: “Judo con palabras”, defiéndete cuando te falten al respeto. 2008. Traducción: Lidia Álvarez Grifoll. Editor digital: Titivillus, ePub base r1.2. Lectulandia. 273 Páginas. Pág. 21-27. ?
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Luis Hernando Mutis Ibarra o LuHer es quien escribe sus reflexiones en la página “EduquenZen”. Desde hace más de dos décadas, viene aportando a la reflexión en múltiples ámbitos de la educación, la espiritualidad y la vida. Ha sido Asesor en diversas instituciones educativas, ha realizado investigaciones y estudios en diversos campos temáticos: Educativo y pedagógico, espiritual y desarrollo humano, social y político. Es conferencista reconocido en estos ámbitos, sobre lo cual y en sus procesos de interiorización, realiza constantes ejercicios escriturales que comparte constantemente en su entorno social.

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11. Constatación objetiva

En las discusiones el otro siempre proyecta lo que está sintiendo. La idea es detectar esas señales, lo cual nos brinda información para crear condiciones para esclarecer conflictos.