Convivencia

La opinión del interlocutor | Estrategias de autodefensa ante la agresión verbal

 

9) EXPLORAR LA OPINIÓN DEL INTERLOCUTOR [1]

Cuando la lucha por imponer la opinión destruye la amistad.

Con esta estrategia podemos elevar a un nivel todavía más alto una discusión. No sólo le damos la razón al interlocutor, sino que intentamos comprender a fondo su punto de vista. Nos desconectamos y/o nos apartamos de la lucha por imponer nuestra opinión y nos insertamos a una reflexión común y comprensiva.

Para mejor entendimiento, veamos este ejemplo:

Se trata de la historia de una amistad que estuvo a punto de romperse. Y todo por una discusión que acabó en pelea.

Lisa y Marlen se conocieron de niñas. Después estudiaron juntas en la universidad y más tarde se instalaron en el mismo barrio. Eran amigas íntimas desde que tenían uso de razón. Las dos se quedaron embarazadas casi al mismo tiempo y se hizo evidente que también vivirían juntas la maternidad. Lisa tuvo una hija y Marlen un hijo. Solían ir juntas al parque infantil con sus hijos. Allí fue donde ocurrió el conflicto. Su amistad empezó a tambalearse.

Todo empezó de la manera más inofensiva. Las dos vigilaban a sus bebés y hablaban del cuidado de los niños. Se hizo patente que Marlen y Lisa tenían opiniones distintas al respecto. La conversación se convirtió rápidamente en una discusión, que se fue caldeando.
El trasfondo era el siguiente: Lisa volvió al trabajo cuando su hija cumplió ocho meses. Se acogió a la media jornada y, mientras ella trabajaba, otra persona cuidaba a la niña. Marlen, en cambio, había decidido quedarse en casa hasta que su hijo tuviera tres años. Aquella tarde, Marlen defendió la opinión de que era mucho mejor para los niños tener a la madre de persona de referencia fija durante los primeros años de vida. No había que confundir a unos niños tan pequeños dejándolos al cuidado de otras personas.

Aunque Marlen expresó su punto de vista con frases impersonales y hablando en general, Lisa se sintió ofendida

Aunque Marlen expresó su punto de vista con frases impersonales y hablando en general, Lisa se sintió ofendida. Y argumentó en contra. Un niño pequeño podía acostumbrarse sin problemas a varias personas de referencia. Y era mucho más peligroso que se criara sólo con la madre, porque entonces recibía una educación muy parcial.
Marlen no estaba dispuesta a ceder. Y esgrimió argumentos más contundentes. Tener un hijo y luego dejarlo al cuidado de otras personas era puro egoísmo. Al oír la palabra «egoísmo», Lisa se acaloró. Y sus argumentos también se hicieron más duros. Replicó que a ella le daba miedo convertirse en una de esas mamás sobreprotectoras que sólo viven para sus hijos. Una criatura criada por una de esas gallinas cluecas probablemente acabaría siendo problemática. Entonces Marlen se sulfuró de verdad. Indignada, cogió a su hijo y se fue sin más.
Una vez en casa, su marido se dio cuenta enseguida de que le pasaba algo. Marlen explotó al instante:
— ¡Si supieras lo que me ha echado en cara Lisa! Me ha dicho que soy una madre sobreprotectora. Una gallina clueca. Y que nuestro hijo sería problemático por mi culpa. ¡Está mal de la cabeza! ¡Qué se habrá creído!
Detengámonos un momento en este punto y examinemos qué falló en realidad. Podemos volver a leer lo que dijo la amiga. De hecho, Lisa sólo comentó que tenía miedo de convertirse en una de esas madres sobreprotectoras cuyos hijos probablemente acabarán siendo problemáticos. Marlen se dio inmediatamente por aludida y se sintió atacada.

Cada una valoraba mucho su manera de criar a su hijo y, por desgracia, con ello atacaba la decisión de la otra

Nosotros, personas ajenas a la discusión, enseguida nos damos cuenta de qué ocurrió realmente. Visto a distancia, comprendemos que ninguna de las dos hablaba de manera neutral y objetiva sobre el cuidado de los hijos. Ambas defendían las decisiones que habían tomado. Cada una valoraba mucho su manera de criar a su hijo y, por desgracia, con ello atacaba la decisión de la otra. El lema era el siguiente: sólo una de las dos puede tener razón. Palabras como «egoísmo», «gallina clueca», «madre sobreprotectora» o «hijo problemático» cobraron importancia. Esas palabras provocaron que la discusión se caldeara y que los frentes se endurecieran. Y, como suele ocurrir, nadie escuchaba con atención a nadie. Sólo registraban las palabras polémicas. No intentaban para nada comprender la opinión de la otra parte. Asimismo, las dos fueron incapaces de poner freno a esa fatídica polarización.

Ninguna de las dos supo renunciar al deseo de tener la razón.

Sobre temas delicados y puntos débiles.

En una discusión, tendemos a subirnos por las paredes cuando se toca un tema delicado para nosotros. Es decir, algo relacionado con experiencias complicadas o peliagudas que hayamos vivido. Todos tenemos algún tema delicado. Por ejemplo, los que acaban de tener un hijo se hayan en una posición delicada. Sus vidas están patas arriba y tienen que encontrar un nuevo equilibrio. Los afectados no pueden hablar de manera objetiva o teórica sobre el cuidado de los hijos. Su opinión se entremezcla con experiencias personales, miedos, preocupaciones y momentos de felicidad. Es decir, sus propias tribulaciones tendrán mucho peso en lo que argumenten. Lo mismo sucede, por ejemplo, con las personas que acaban de separarse o se han quedado sin trabajo, que sufren una enfermedad o tienen que cuidar a un familiar.

Cuando algo sacude nuestras vidas, somos muy vulnerables y susceptibles.

Cuando algo sacude nuestras vidas, somos muy vulnerables y susceptibles. Si alguien toca un tema relacionado con nuestras experiencias personales, enseguida se crea el riesgo de que empecemos a discutir acaloradamente. Porque, en este caso, no sólo nos identificamos con nuestra opinión, sino que detrás de nuestra opinión está nuestra vida. Y nos la tomamos como algo muy personal.
Eso fue lo que les ocurrió a Marlen y a Lisa. Los argumentos de cada una eran como un ataque a la vida y a la maternidad de la otra. Y las dos estaban sumamente sensibilizadas con el tema. Por eso la discusión se caldeó tan deprisa.

Aprendamos a entender la opinión del otro.

Cuando alguien presenta argumentos acalorados y vehementes en una conversación, es muy posible que se trate de justificaciones personales. Pero, mientras todo se reduzca a un toma y dame de puntos de vista abstractos, no quedará claro cuál es el tema delicado que afecta a la persona.
Una sencilla pregunta puede aclarar las cosas. En vez de replicar con nuevos argumentos en contra, podemos preguntar por ejemplo:

  • « ¿Por qué le das tanta importancia?»
  • « ¿Cómo has llegado a esa conclusión?»

De este modo ofrecemos a nuestro interlocutor la posibilidad de que nos cuente el trasfondo de su parecer. Se trata de entender de verdad por qué ha argumentado precisamente una cosa y no otra. ¿Por qué habla con una voz tan apasionada? ¿Por qué se acalora tanto? Detrás de sus palabras, ¿se ocultan quizás experiencias dolorosas? Y, si es así, ¿de qué vivencias se trata?.
Con estas preguntas, la discusión pasará a un nivel más elevado. En vez de continuar riñendo con nuevos argumentos, se aclarará el trasfondo de los puntos de vista respectivos. De ese modo, la lucha por imponer nuestra opinión se transformará en una conversación jugosa. En una conversación de la que todos los implicados saldrán ganando algo muy importante: CONOCIMIENTO.
En el cuadro siguiente se muestran qué palabras pueden causar una discusión acalorada y con qué palabras podremos bucear en la opinión de nuestro interlocutor.

Endurecer la discusiónComprender la opinión del interlocutor
“—No, estás completamente equivocado.”“— ¿Cómo has llegado a esa conclusión?”
“—Pues eres el único que piensa así.”“—No sé si te he entendido bien. Quieres decir que… (Repite la opinión del otro con tus propias palabras). ¿Qué te ha llevado a pensar así?”
“— ¿Cómo puedes decir algo así?”“— ¿Cómo es que piensas así?”
“—Tu punto de vista es exagerado / partidista / absurdo / disparatado.”“—Me pregunto de dónde has sacado esa opinión.”
“—No me negará que…”“—Parece que le da mucha importancia. ¿Por qué?”
“—Así sólo argumenta la gente que no tiene ni idea.”“— ¿Me gustaría saber por qué defiendes esa opinión? ¿Has tenido alguna experiencia?”
“—No llegarás muy lejos con esas opiniones.”“—Me gustaría entender tu punto de vista. ¿Qué te hace pensar así?”

 

Quienes utilizan palabras duras tienen una actitud combativa. Su retórica avanza hacia la confrontación y la imposición. Dicho drásticamente: tratan de estar por encima.

En este cuadro se observan que los comentarios de las dos columnas se deben a posturas mentales completamente distintas. Quienes utilizan palabras duras tienen una actitud combativa. Su retórica avanza hacia la confrontación y la imposición. Dicho drásticamente: tratan de estar por encima.
En cambio, quienes indagan con preguntas la opinión del otro quieren comprender más y pelear menos. Intentan encontrar una onda común en la que pueda crecer un nuevo entendimiento.

Las preguntas no tienen que aportar nueva munición para conseguir una victoria en la discusión.

A la hora de plantear las preguntas, nuestra actitud mental es muy importante. Porque las preguntas sólo parecerán sinceras si realmente queremos entender a nuestro interlocutor. No se trata de criticarlo ni de diagnosticarlo psicológicamente aplicando el lema siguiente: «La persona que argumenta de ese modo seguramente tiene un trauma. Vamos a ver qué tipo de trastorno sufre». ¡No!, las preguntas no tienen que aportar nueva munición para conseguir una victoria en la discusión. Se trata de una forma distinta de hablar con los demás. Por eso: preguntemos sólo cuando realmente queramos entender a nuestro interlocutor. Ya que preguntar acarrea consecuencias: tendremos que escuchar con atención lo que nos respondan.

Preguntar y explorar la opinión del interlocutor.

El hecho de que una discusión sea cada vez más fuerte y enconada indica que los frentes se están endureciendo. Podremos mejorar cualitativamente la discusión si exploramos la opinión del interlocutor en vez de dedicarnos a refutar sus argumentos. Adoptemos la postura mental de quien sabe escuchar con comprensión.
Preguntemos abiertamente al interlocutor para averiguar por qué defiende precisamente determinado punto de vista. Por ejemplo:

  • ¿Cómo has llegado a esa conclusión?
  • ¿por qué le das tanto valor a esa opinión?
  • ¿lo dices porque has tenido experiencias personales al respecto?
  • ¿qué te hace pensarlo?

Escuchemos atentamente las respuestas. Y, sigamos preguntando hasta que comprendamos qué ha llevado al interlocutor a formarse una opinión concreta.
Repitamos lo que hemos entendido utilizando nuestras propias palabras, y a continuación, expliquemos a nuestro interlocutor por qué hemos adoptado otro punto de vista. Es decir, contémosle en qué experiencias personales basamos nuestras opiniones.
El resultado de esta estrategia suele ser asombroso. Muchas veces, una pregunta sincera basta para cambiar el tono de la discusión. Aunque el afectado sólo aluda brevemente a los motivos por los que defiende un punto de vista concreto, la conversación ganará en calidad. Surgirá más comprensión por la postura del otro y eso desbaratará los argumentos mordaces, pensemos en la opinión del interlocutor.

Deshacer los frentes endurecidos.

En el caso de Lisa y Marlen, una sola pregunta bastó para que las dos volvieran a conversar tranquilamente. Lisa telefoneó a su amiga y le preguntó: Marlen, ¿por qué crees que soy egoísta?
Marlen se puso a hablar a borbotones. No, no había querido decirle que era una egoísta. Porque ella también dudaba a veces de la decisión que había tomado de quedarse tres años en casa cuidando de su hijo. Pensaba que había que renunciar al trabajo para estar con su hijo. Pero, en el fondo, le gustaría disfrutar de ambas cosas: de trabajo y del hijo. Ver que su mejor amiga podía permitirse ambas cosas le daba un poco de envidia. Por eso había argumentado con palabras tan fuertes. En el fondo, lo que había dicho estaba más destinado a luchar contra sus propias dudas que a convencer a Lisa. Después, Lisa le contó que ella a veces se cuestionaba si sería bueno para su bebé dejarlo con otra persona a cargo.
Así transcurrió la conversación entre las dos amigas. Ya no se trataba de saber quién tenía razón. Hablaron en un plano en el que podían volver a entenderse mutuamente. Las dos continuaban teniendo opiniones distintas. Pero podían expresarlas sin que ninguna de ellas se sintiera atacada, respetando la opinión del interlocutor.
Nuestras circunstancias también son importantes a la hora de mejorar la calidad de una discusión. Expliquémosle  y entendamos la opinión del interlocutor  dando a entender el por qué nos hemos formado determinada opinión. ¿Qué nos ha llevado a defender un punto de vista? Hablémosle también de nuestras necesidades y de nuestros sentimientos. Contémosle qué nos impulsa o qué nos da miedo.
Si le explicamos y transmitimos la opinión del interlocutor al oyente,  las circunstancias que nos ha llevado a adoptar un punto de vista concreto, le estamos ofreciendo la posibilidad de que nos comprenda y respete nuestra opinión. Con todo, no podemos exigirle comprensión. El acto de comprender es voluntario, no podemos imponerlo ni reclamarlo. No obstante, le presentamos una oferta atractiva y le permitimos echar un vistazo al trasfondo de nuestras opiniones. Eso genera un ambiente en el que puede crecer una compenetración mutua. Le concedemos más espacio al entendimiento y reducimos la confrontación.
Para concluir, una pregunta importante: ¿Tiene que desarrollarse siempre todo en un ambiente pacífico, armonioso y afable? ¿Por qué no podemos estallar de vez en cuando? No, no es obligatorio. Sólo hay opciones.
Decidimos entablar una lucha de opiniones a plena conciencia: ¿por qué no? La discusión puede enconarse y las opiniones pueden estrellarse unas contra otras, igual que en los autos de choque. Si a todos los implicados les gusta, no hay problema.
Lo importante es que mantengamos nuestra independencia y no nos dejemos llevar por una dinámica desapacible. Con estas estrategias podremos manejar a sabiendas una discusión y dirigirla hacia un rumbo constructivo.

Lecturas Recomendadas: Efecto de las palabras en la vida

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[1] Tomado y adaptado de: BERCKHAN, Bárbara: “Judo con palabras”, defiéndete cuando te falten al respeto. 2008. Traducción: Lidia Álvarez Grifoll. Editor digital: Titivillus, ePub base r1.2. Lectulandia. 273 Páginas. Págs. 242-255.

Creditos de imagen: Pixabay

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Luis Hernando Mutis Ibarra o LuHer es quien escribe sus reflexiones en la página “EduquenZen”. Desde hace más de dos décadas, viene aportando a la reflexión en múltiples ámbitos de la educación, la espiritualidad y la vida. Ha sido Asesor en diversas instituciones educativas, ha realizado investigaciones y estudios en diversos campos temáticos: Educativo y pedagógico, espiritual y desarrollo humano, social y político. Es conferencista reconocido en estos ámbitos, sobre lo cual y en sus procesos de interiorización, realiza constantes ejercicios escriturales que comparte constantemente en su entorno social.

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