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LA FUERZA DE LA ATENCIÓN

La fuerza de la atención

ATENCIÓN Y CONSCIENCIA CONTRIBUYEN A LA INTENSIDAD DE TODO LO QUE PENSAMOS Y HACEMOS

Como la gasolina al fuego, así es la fuerza atención y nuestra consciencia hacia lo que pensamos y hacemos.

Las palabras, sean ellas sonidos o símbolos escritos, tienen un poder, acrecentada por el enfoque que le da la fuerza de la atención que le prestamos. Por lo general ni siquiera lo dimensionamos. Mayor todavía si quienes las reciben son personas sensibles y/o muy vulnerables –y que no saben defenderse de ellas-, es el caso de las personas que tenemos todos los días: niños y adolescentes. A cualquiera se le puede dañar el día a causa de cualquier comentario o gesto tendencioso.

Simplemente imaginemos el daño que puede hacerse a un niño, a un adolecente, a un joven, e incluso a cualquier adulto de una constante referencia de ridiculización o intimidación. Nuestros comportamientos, nuestros gestos y palabras que muchas veces van cargadas de una supuesta intención de mejora; pero, por lo general resultan con efecto contrario: se agudiza el problema o la dificultad con lo cual, creyendo que resaltando lo malo y lo negativo se hará caer en consciencia del error, sin embargo, lo que se produce es una inversión: las puyas, indirectas o acusaciones sin fundamento, causan repudio, temor, malestar, miedo, aversión.
Recordemos que la fuerza de la atención es el combustible que le da poder a aquello a lo que nos enfocamos; por eso, cuando prestamos demasiada atención o le damos mucha importancia –más de la necesaria- a lo negativo, le damos todo el poder. Y, en vez de conseguir una corrección o cambio, se hace más fuerte. Por lo tanto, cuando haya o estemos frente a lo negativo, no lo resaltemos, no lo patentemos; simplemente hagamos lo necesario para enmendarlo y no prestarle la atención más de la requerida para su resolución. No es necesario repetir e insistir en lo malo que es esto o aquello; si ya lo sabemos ¿para qué machacar en lo mismo? Es energía que perdemos inoficiosamente.

La idea aquí es que, vayamos siendo conscientes de lo que realmente sale de nuestro interior a través de nuestras palabras y nuestras diversas y múltiples formas de expresarnos; que estemos atentos y en alerta permanente, para pararlas, transformarlas y cambiarlas por otras que sean más nutritivas, que alimenten el espíritu humano, que estimulen y alienten la vida de quienes las reciben.

 

La fuerza de la atención

 

La primera tarea o ejercicio es comenzar con nosotros mismos, donde aprendamos a despojarnos de ideas, conceptos y palabras que van en contra primero de nosotros mismos, asumiendo nuestra responsabilidad pero sin culpabilizarnos, sin juzgarnos ni reprocharnos.

Sabemos que no es fácil hacerlo, ya que tendremos que recordarlo constantemente. Y aquí es donde entra el apoyo de quienes nos rodean. Entendiendo que cuando nos demos cuenta que el otro está cayendo o está incurriendo en insistir o patentar lo negativo, sólo limitémonos a mirarle directamente a los ojos –observando sin juicios, obviamente si por casualidad estamos junto a esa persona-, con el objeto de recordar las acciones en que estamos empeñados. Por otro lado también podemos insinuar –sin crítica ni juicio, sino con mucha diplomacia- el recordatorio.

Vale insistir que la fuerza de la atención es el combustible que refuerza aquello que queremos elevar. No brindemos mayor importancia que la que necesita una dificultad.

Ante una equivocación, un error o una falta, no es necesario reprocharnos ni culpabilizarnos, únicamente seamos conscientes de ello y sigamos adelante, simplemente hagamos lo que debamos hacer. En un principio, caeremos en cuenta mucho después del acto o después de haber ocurrido la expresión o expresiones venenosas. Pero, si continuamos en este empeño, nos acercaremos poco a poco a la acción misma; y, en un nivel ya más desarrollado, nos la pillaremos antes de que ocurra la acción o antes de que digamos algo. Lo interesante aquí es que: mantengamos encendida la chispa de la idea: por un lenguaje nutritivo y estimulante para mejores ambientes de vida y de aprendizaje.

Esta forma de hacerlo se exteriorizará, y las personas que están en nuestro entorno, así lo percibirán. Obviamente ellos y ellas serán los mayores beneficiarios; pero el principal beneficiado seremos nosotros mismos. Y cuando lo hayamos logrado, estaremos listos para expandir estas actitudes y procedimientos con las personas de nuestro entorno (primero la familia, luego el trabajo y así expandiéndose constantemente de adentro hacia afuera).

Recordemos las palabras de Brenson “Si yo estoy bien, tú estás bien”.

Parte 1
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Luis Hernando Mutis Ibarra o LuHer es quien escribe sus reflexiones en la página “EduquenZen”. Desde hace más de dos décadas, viene aportando a la reflexión en múltiples ámbitos de la educación, la espiritualidad y la vida. Ha sido Asesor en diversas instituciones educativas, ha realizado investigaciones y estudios en diversos campos temáticos: Educativo y pedagógico, espiritual y desarrollo humano, social y político. Es conferencista reconocido en estos ámbitos, sobre lo cual y en sus procesos de interiorización, realiza constantes ejercicios escriturales que comparte constantemente en su entorno social.

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