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Saborear lo divino

POR UN LENGUAJE NUTRITIVO Y ESTIMULANTE

Saborear lo divino es estar abierto a todas las posibilidades y oportunidades que ofrece la existencia. Buscar o forjarse metas para encontrar o vivir la experiencia espiritual es el primer obstáculo para conseguirlo..

Quién no ha podido saborear lo divino, en el sentido de haber vivido la experiencia alguna vez, de un pequeño vislumbre de ver algo innombrable, un breve estado de lucidez, o de vivir unos segundos de inmensa e indescriptible felicidad, de sentir una especie de iluminación fugaz, o de experimentar una especie de explosión interior de júbilo, como si se despertara por primera vez a la vida, como si se viera por primera vez lo que siempre había visto; bueno, como quiera llamarse a esa sensación instantánea y espectacular encuentro con algo divino y superior. A todos nos hubiera gustado o nos gustaría volver a sentir y vivir aquella experiencia; y muchos han tomado rumbo hacia esa búsqueda, y no han parado de ir tras algo que ya ha sucedido.
Esta búsqueda denodada por volver a vivir y saborear lo divino o ese “algo inexplicable e inexpresable pero maravilloso”, muchas veces es lo que impide encontrar lo que buscamos. Luego entonces, démonos cuenta primero cómo sucedió, y sabremos que de entrada no la buscábamos, ni tampoco esperábamos que eso sucediera; simplemente, estábamos muy abiertos a todo, receptivos, sensibles; estábamos vacíos por dentro; había espacio donde se produjera esa explosión interior por decirlo así.

Saborear lo divino

Por eso, el primer encuentro con ese “algo sin nombre” siempre causa una explosión. Y lo que la causa es precisamente esa inocencia, nuestra mente sin expectativas. Todavía no se sabe nada acerca de la espiritualidad, acerca del éxtasis. Esa ignorancia es la causa de la explosión. Aunque luego viene la gran dificultad, viene la pesadilla, el apresuramiento, el gran esfuerzo, la intensidad forzada de la espera de esa experiencia; esa explosión se vuelve meta, esa búsqueda se vuelve corporativa (con objetivos, buscando resultados). Y la verdad es que por mucho que esperemos, no ocurrirá nada; sencillamente porque no cumplimos la condición básica para que aquello se dé. hemos olvidado por completo de en qué situación ocurrió lo que vivimos por primera vez.
Haciendo una analogía con nuestro cuerpo físico, es muy semejante a cuando se hace ejercicio para bajar de peso, la meta misma provoca aumento del mismo, porque crea condiciones diferentes para el cuerpo. Pero, si simplemente, se hace para vivir y disfrutar el ejercicio en sí mismo, sin poner metas; incluso, se puede realizar como instrumento para el desarrollo de la consciencia. Esta forma de hacer sin hacer, sin forjarse expectativas, sin comparaciones ni interpretaciones, alineará el cuerpo según sus condiciones y requerimientos que el cuerpo dicta; sólo hay que aprender a leerlo.
Hagámoslo con frescura renovada. No esperemos nada, no nos fabriquemos expectativas, ya que en la expectativa hay un deseo, y lo que se desea es un objeto determinado. Eso es lo que bloquea nuestro progreso. Si simplemente trabajamos por el trabajo mismo, ocurrirá algo más grande que la primera explosión, porque la experiencia de simplemente hacer sin hacer es preciosa, muy valiosa, muy profundamente transformadora.
Cuando hemos saboreado o catado algo, queremos volver a probarlo y saborear lo divino nos lleva a transformaciones inimaginables, nos lleva a forjar un nuevo estilo de vida para crear condiciones que pueda o facilite otras veces dichas experiencias. La existencia es inagotable. Puede darnos muchas cosas nuevas indefinidamente, así que no pidamos repetición. La existencia detesta la repetición, no quiere que volvamos a tener la misma experiencia. Aunque sea la misma experiencia, no será nada igual.

 

Saborear lo divino
Sólo recordemos algunas actividades que hayamos aparentemente repetido. No podemos leer una novela dos veces; ni siquiera podemos ver una película dos veces. Cuando ocurre por segunda vez, cualquier experiencia pierde lo más preciado en ella: la primicia, la novedad. Si entendemos eso, en lugar de un impedimento, la primera experiencia puede ser una gran ayuda. La primera sirve para indicarnos que estamos en el camino correcto, que hemos entrado por la puerta. A partir de ahí, seamos más receptivos, más inocentes, más abiertos, y cada día ocurrirán muchas más cosas que antes no percibíamos. Puesto que un pequeño entendimiento puede convertirse en una llave de oro que abra las puertas de misterios y secretos. Pero no no podemos quedarnos enganchados en la primera experiencia y seguirnos repitiendo en nuestra mente: “¿Cuándo volverá a ocurrir?” ¡pues NO volverá a ocurrir! Recordemos que saborear lo divino tiene infinitas presentaciones y formas. Bien decía Heráclito de Éfeso al explicar que todo fluye y que por eso, “nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río”.
La primera experiencia se puede convertir o bien en una dificultad o bien en una apertura. Todo depende de cada persona. Si nos aferramos a ella, si la esperamos una y otra vez, la estaremos convirtiendo en una dificultad. Si por el contrario, nos sentimos agradecidos a ella, agradecidos de todo corazón, y seguimos adelante sin anhelos, sin deseos de volverla a tener, la primera experiencia nos habrá confirmado que estamos en el camino correcto.
Ahora sigamos y continuemos normalmente con lo que hacemos. No paremos, continuemos con nuestros quehaceres. Por hermosa que sea la experiencia, recordemos: más adelante nos espera mucho más. Simplemente sigamos adelante. Experimentémoslo todo, sintámonos agradecidos; estemos más abierto y conscientes, pero nunca nos quedemos a esperar la misma experiencia otra vez, porque eso bloqueara nuestro camino hacia mayores y mejores experiencias. No hay ninguna experiencia por la que valga la pena detenerse. Disfrutemos y sigamos. El propio peregrinaje se convierte en la meta.
Para la mente lógica, eso es muy difícil de entender. La mente lógica pregunta: “¿Adónde vas?” Quiere saber cuál es la meta, está enfocada hacia la meta. Pero la existencia no va a ninguna parte, simplemente está disfrutando en las flores, la gente, la naturaleza, en todo; no va a ninguna parte. No hay ninguna meta. Cada momento es completo y perfecto en sí mismo. Nunca pidamos que se repita.
Recordemos que la existencia nunca repite nada. Le otorga dignidad a cada individuo, porque nunca ha habido otro cada uno de nosotros, y nunca lo habrá; somos únicos, todo es único. No hay nadie exactamente igual en ninguna parte. Somos seres incomparables. Eso nos otorga tal gracia y tal riqueza que nunca podremos estar lo bastante agradecidos con la existencia.

 

Saborear lo divino
Pero nuestra mente es mecánica. Ella se siente segura con lo familiar, siempre quiere la misma cosa una y otra vez. Pero nosotros no somos la mente. La mente es un producto social. Nosotros somos de la Existencia, no simplemente social. Nuestras raíces se adentran en la existencia, así que tenemos que seguir la armonía y las leyes que rigen la existencia. Ella nunca se repite. Nunca vuelve a traer la misma experiencia. Siempre trae una nueva. La existencia no es una película que se pueda ver dos veces. La vida no es una película. Nada es fijo, nada se repite. Siempre es original. Por eso, saborear lo divino es poder disfrutarlo todo y su intensidad lo da nuestra consciencia de ello.

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Luis Hernando Mutis Ibarra o LuHer es quien escribe sus reflexiones en la página “EduquenZen”. Desde hace más de dos décadas, viene aportando a la reflexión en múltiples ámbitos de la educación, la espiritualidad y la vida. Ha sido Asesor en diversas instituciones educativas, ha realizado investigaciones y estudios en diversos campos temáticos: Educativo y pedagógico, espiritual y desarrollo humano, social y político. Es conferencista reconocido en estos ámbitos, sobre lo cual y en sus procesos de interiorización, realiza constantes ejercicios escriturales que comparte constantemente en su entorno social.

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